Joan Fontcuberta se ha convertido en pensador fundamental sobre la fotografía. En su obra El beso de Judas. Fotografía y verdad, el fotógrafo, teórico y crítico barcelonés presenta una serie de ensayos en donde cuestiona la existencia de un carácter verdadero en el quehacer fotográfico o si se trata, más bien, de un acto hipócrita y desleal estrechamente vinculado con los medios de comunicación.

Para Fontcuberta, la fotografía es erróneamente concebida como un vehículo de la Verdad. Su producción es una farsa equiparable a uno de los episodios más clásicos de la infamia y la hipocresía: el momento en el que Judas Iscariote, en el huerto de Getsemaní, traiciona a Jesús y lo delata. Su obra exhibe a la producción fotográfica como una traición que se oculta detrás de un acto otrora interpretado como inocente, como la naturaleza de un beso.

Joan se aproxima al tema como si se tratara de una exploración por su cabeza. El libro reúne anécdotas y pensamientos que abren reflexiones acerca de una actividad que ha transformado varias veces su propia concepción creativa al autocuestionarse. Para Fontcuberta, el tema de la verdad y la ambigüedad, entre realidad y ficción se ha convertido en su eje temático y en su obsesión.

A lo largo de su historia, la fotografía ha entablado diálogos entre la voluntad de acercarnos a lo real y las dificultades para poder hacerlo. De este modo se justifica la pertinencia de este análisis que conversa en el campo de lo ontológico, más allá de la estética, pues busca proporcionar verdades visuales sobre el mundo. A partir de esta problemática se vislumbra un pilar ético presente tanto en los consumidores como en los productores fotográficos.

De acuerdo con Fontcuberta, desde la década de 1980 se ha formado una nueva actitud y un nuevo pensamiento desde las artes visuales. El concepto de Verdad ha sido puesto en tela de juicio, y al problematizarse, ha expuesto su propia crisis. Cita a Jeffrey Deitch al afirmar que es posible que “el fin de la modernidad sea también el fin de la verdad” (p. 15).

Esta idea se repite varias veces en los discursos de arte contemporáneo y es clave para comprender la propuesta de Fontcuberta. En este libro, al reflexionar la posición ética del creador fotográfico, el autor afirma de modo tajante: “No podemos sino sólo mentir” (p.15). En su naturaleza, la fotografía se presenta como una ficción verdadera. Para él, miente por instinto, pero lo importante es cómo el fotógrafo hace uso de esa mentira.

Podría parecer una visión cínica, sin embargo, para Fontcuberta la fotografía es menos hipócrita al aceptarse como una creación orientada hacia una cierta dirección moral que se impone previamente bajo el marco de un sistema ético específico.

Cuando la fotografía aparece como una tecnología al servicio de la verdad, es justo cuando se convierte en ese beso de hipocresía. Se trata sólo de una apariencia. Detrás de la fotografía se camufla una inmensa carga de mecanismos culturales e ideológicos que afectan nuestra visión sobre lo real: es un “signo inocente” cargado de propósitos e historia.

“(La fotografía) un acto hipócrita y desleal que esconde una terrible traición: la delación de quien dice precisamente personificar la Verdad y la Vida” (p. 17). Es por esto por lo que Joan Fontcuberta se cuestiona si la fotografía reaccionará a tiempo sobre su falsedad o si se seguirá presentando como verdadera para terminar al igual que Judas: ahorcado por remordimiento.

“Deja que la naturaleza plasme lo que la naturaleza hizo”, ese era el slogan de los primeros daguerrotipos (P. 26). Así se dio pie al primer enfoque o concepción del producto fotográfico que presupone la ausencia de intervención como una aparente obtención directa de la verdad. El resultado, por lo tanto, es “la verdad” y objetividad.

Esta idea se rompe al cuestionarse si la fotografía puede crear belleza. A partir de ahí, se da un proceso fotográfico cargado de filtros culturales e ideológicos. Más adelante, su enfoque girará en torno de la Fotografía como búsqueda de Dios; se revela lo sobrenatural, como si se tratara de una expresión mística.

Hoy, la fotografía se rige por las intenciones de uso. Esta hecha por categorías contrapuestas en el mundo de la representación: ya como Narciso, ya como vampiro. En el primer caso, lo real son hechos y cosas tangibles, es el mundo físico y el lenguaje fotográfico es el puente entre objeto y sujeto.  Como vampiro, la realidad es una construcción cultural e ideológica que no preexiste a nuestra realidad. Somos un producto cultural y un lenguaje determinado por los media. El sentido o significación se instala ahora en la fragilidad: ya no tienen apoyo en la estabilidad de nuestras creencias.

Para Fontcuberta, la fotografía nace cuando nuestra noción de lo real, como la esencia de nuestra identidad, depende de la memoria. Por tanto, la fotografía es una actividad fundamental para definirnos en la autoafirmación y en el conocimiento del mundo. Esta aproximación, de marcado tinte epistemológico, reviste la forma en la que podemos recordar y hacerle frente a la precariedad de la memoria.

“Recordar quiere decir seleccionar ciertos capítulos de nuestra experiencia y olvidar el resto” (p. 58). Fotografiamos tanto para recordar como para olvidar. Se tiene que dejar morir algunas cosas para dejar vivir otras. El autor explica que la fotografía refuerza y preserva el andamiaje de nuestra mitología personal.

Se trata entonces de un percepción construida y seleccionada que es, por lo tanto, ambigua. Es un instante específico y escogido por el descubrimiento e invención de significado que se construye a partir de él.

De una forma muy similar se construye la idea de verdad. No es más que una opinión institucionalizada a partir de determinadas posiciones de poder (p.76). Es siempre dudosa y se trata de un punto de vista; y es sólo así como puede revelarse la verdad en la fotografía.

Parecería que como espectadores ya no nos dejamos llevar fácilmente por el contenido fotográfico. Sin embargo, debemos cuestionarnos sobre cómo recibimos lo que consumimos, pues la mercadotecnia, los tiranos y algunos gobernantes, hacen un uso indebido de la fotografía como si todavía fuera garantía de objetividad.

No hemos de olvidar que una característica importante de la imagen tecnológica consiste en imponer un sentido. Es por ello que Fontcuberta resignifica la concepción de la manipulación. Esta práctica suele tener una connotación peyorativa y se define como “actuar en beneficio propio y en perjuicio de otros y, además, en hacerlo con deliberación y alevosía” (p.122).

Para Fontcuberta, crear equivale a manipular. Pero esto no se encuentra necesariamente relacionado con una intención perversa, sino que se presenta como una condición de la creación: como una retórica de elección entre diversas posibilidades. Se trata de una perspectiva o visión personal del mundo que puede comunicar una experiencia de conocimiento, así como también alertarnos de las trampas en que se puede incurrir para la adquisición y transmisión de conocimiento.

Es aquí donde el espectador tiene una importante responsabilidad. El problema yace en el observador que vive en una pasividad rutinaria quien debe entender que la fotografía, entre otras formas de arte, está constituida por mensajes ambiguos cuyo sentido depende de la plataforma cultural, social o política en la cual estén inmersos. Son manipulaciones creativas y es indispensable ser capaces, como receptores, de responder con el mismo grado de dialéctica.

La fotografía es parte de una cultura visual a la que ella misma contribuye y fortalece, y donde tiene las facilidades de propiciar el engaño. Los creadores quieren hacer creer algo, impregnan su obra de ideología, quieren persuadir a un sentido, todo acto humano implica manipulación, y eso no es del todo malo. Lo que sí debe ponerse en tela de juicio moral son los criterios o las intenciones que se aplican a esa manipulación.

La fotografía debe entenderse como una “escritura de las apariencias”: una actividad que pertenece al ámbito de la ficción mucho más que al de las evidencias. Es una actividad de invención y se debe ser escéptico ante ella. No se debe aceptar todo, pero tampoco rechazar todo: “La duda es simplemente una herramienta de la inteligencia” (p. 175).

Fontcuberta afirma que todo es verdadero y falso a la vez, por lo tanto, se tiene que construir una nueva forma de relación con la imagen y con los sistemas de transmisión de conocimiento. La realidad y la representación son parte de la misma cosa. Es por ello que propone la contravisión como una intención visual que busca la ruptura con las rutinas que controlan los programas de pensamiento visual; que cuestiona el principio de realidad asignado a la fotografía y que contradice el status quo del orden visual basado en la evidencia fotográfica.

Al aceptarse la fotografía como ficción, es posible devolver su creación al campo de lo simbólico. Y es que desde ahí es donde se da la interpretación de nuestra experiencia y, sobre todo, donde se produce la realidad.

El beso de Judas. Fotografía y verdad, es una obra que ofrece un horizonte de reflexiones pertinentes para la fotografía en la actualidad, y para la interpretación retrospectiva de la fotografía a lo largo de su historia. Fontcuberta hace una invitación para un público amplio, entre miradas principiantes, que busca entender mejor la fotografía, así como para una mirada más entrenada. Este autor invita a recordar la naturaleza de este medio y a reflexionar sobre los alcances de creación e interpretación fotográficas, así como su significado y papel en una construcción acerca de la verdad.

Este libro no propone una teoría ni mucho menos una metodología; no es una lectura academicista e, incluso, me atrevo a decir, que con algunas deficiencias terminológicas sobre todo en el espectro ético. Sin embargo, es una obra que vale la pena ser leída con actitud de diálogo, que admite -e incluso invita- a estar en desacuerdo con ella. Se sabe limitada por la complejidad del tema, pero gracias a la amplia experiencia y a la profunda curiosidad de comprensión de Fontcuberta, propone un orden y una perspectiva valiosa y sumamente interesante sobre la fotografía. Provoca un instante de conciencia al observar o crear una fotografía y al pensarla como una ficción que aporta una parte significativa en la construcción del mundo y de nosotros mismos.

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