Recibido: 24 de febrero de 2020. Aceptado: 7 de mayo de 2020.

Received: February 24th 2020. Accepted: May 7th, 2020.

El fotógrafo Kevin Carter se suicidó poco tiempo después de recibir el premio Pulitzer por una fotografía que hizo en África donde un buitre parece acechar a un menor hambriento. Aunque el lugar común ha sido achacar el motivo del sucidio del fotoperiodista por el remordimiento, el dilema ético es mucho más complejo y el contexto del caso merece una revisión más minuciosa de los hechos y situaciones que llevaron a Carter a terminar con su propia vida.

Photographer Kevin Carter committed suicide shortly after receiving the Pulitzer Prize for a photograph he made in Africa where a vulture seems to stalk a hungry child. Although the common place has been to accuse the reason for the photojournalist’s suicide for remorse, the ethical dilemma is much more complex and the context of the case deserves a more thorough review of the facts and situations that led Carter to end his own life.

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KEVIN CARTER, FOTÓGRAFO

Kevin Carter nació en Johannesburgo, Sudáfrica, en 1960. Creció rodeado por el estigma de la segregación racial en su país. Miembro de una familia de clase media en una localidad de raza blanca y fue testigo, desde muy pequeño, de los arrestos que realizaba la policía a la gente negra que se encontraba en las áreas exclusivas para caucásicos. Carter era católico y no acababa de comprender el problema de la discriminación racial en su país.

Al terminar la educación media superior, se unió a la fuerza aérea que abandonó por abuso. (The Famous People, 2019)  Luego fue testigo del bombardeo de Church Street  (BBC, 1983) ocurrido en la ciudad capital de Pretoria en 1983 realizado por el ala paramilitar del Congreso Africano Nacional conocido como Umkhonto we Sizwe (“La lanza de la nación”). Por aquella época, Carter decidió dedicarse a la fotografía.

Primero trabajó como fotoperiodista deportivo en el Sunday Express y luego se unió al Johannesburg Star donde comenzó a cubrir la violencia durante el apartheid (Sparks, 2019) y, eventualmente, llegaría a colaborar también con medios como el Sunday Tribune, el Weekly Mail  o la agencia de imagen internacional Reuters. El mudar de la fotografía deportiva a la imagen informativa implicaba un compromiso por cubrir temas serios, que podrían llegar a ser crudos e incluso terribles, ante un compromiso de buscar la verdad, denunciar la maldad e informar a la opinión pública en búsqueda del bien común.

Además, en Sudáfrica se vivía un momento histórico angustiante y agudo, donde comenzaba la etapa de racismo más brutal propulsada por el Partido Nacional que había tomado las riendas del país en 1948. Esta época terminaría hasta la subida al poder de Nelson Mandela en 1994, y Carter registraría con su cámara las escenas más oscuras de aquel tiempo. Como fotoperiodista, Carter fue testigo de las peores atrocidades: desde la ejecución de Maki Skosana y una larga lista de imágenes terribles de muertos, crueles ejecuciones extrajudiciales, niños hambrientos y toda clase de actos violentos.

Kevin Carter tenía un grupo de colegas conformado por João Silva, Greg Marinovich y Ken Oosterbroek quienes serían conocidos, eventualmente, como el Bang Bang Club. Es importante anotar que ni era una agrupación formal, mucho menos un club, y la denominación tenía que ver con la onomatopeya del sonido de las balas pues, como fotógrafos de conflicto, siempre estaban trabajando en zonas de máximo peligro. Era un trabajo extremo en todos los sentidos, desde la posibilidad de morir en cualquier momento por las balas de los enfrentamientos, hasta el riesgo de ser apresados o incluso muertos por realizar su trabajo como fotorreporteros al denunciar las atrocidades y la violencia que se vivían en Sudáfrica.

LA HAMBRUNA EN SUDÁN

Sudán, país situado al noreste africano, sufrió una escasez extrema de alimentos que se prolongó durante años luego de que el general Omer al Bashir tomara el poder en 1989 con la misión de imponer una agenda islámica radical y totalitaria. La guerra provocó, eventualmente, una hambruna que llamó la atención internacional pero donde se actuó con lentitud. Para 1993 se calculaba que más de 800 mil sudaneses necesitaban ayuda alimentaria. (Human Rights Watch, 1994)

Operation Lifeline Sudan (OFS) operaba como una iniciativa humanitaria para asistir a las víctimas del hambre en aquel país (Karim et al., 1996). Robert Hadley, también fotógrafo, era el oficial de información. de la OFS e invitó a sus colegas João Silva y Kevin Carter a reportar sobre la crisis en el sur de Sudán. Silva consiguió fondos de Associated Press para realizar la cobertura. Por su parte, Carter quería tomar un poco de distancia -luego de una década- de la crisis en Sudáfrica y perseguir una carrera como fotógrafo independiente e internacional, de modo que aceptó la propuesta sin dudarlo. (Marinovich & Silva, 2012)

Silva, Carter y Hadley volaron a la región de Ayod, al sur de Sudán, en un avión de las Naciones Unidas. Cuando llegaron al lugar, no bien habían aterrizado cuando se formó una larga fila de personas que trataban de recibir la comida que estaba destinada a los campos de ayuda alimentaria de la ONU.

Carter y Silva estuvieron alrededor de una semana en Ayod, y casi a punto de partir, Kevin se encontró afuera de los campos de ayuda alimentaria a una niña desnutrida que había caído al suelo. A la distancia merodeaba un buitre. Carter eligió un encuadre en el que el ave y la niña contaban una terrible historia de la hambruna y la depredación en África.

Fig. 1 Kevin Carter, “Struggling girl.” (Sudán, 1993)

Hecha la fotografía, Carter se reunión de nuevo con João Silva y juntos volaron hacia Kongor, otra comunidad en el sur de Sudán[1].

LA PUBLICACIÓN, LAS ACLARACIONES Y EL PREMIO

El viernes 26 de marzo de 1993 el periódico The New York Times publicó en la página 8 de la sección internacional un artículo firmado por Donatella Lorch (1993)  titulado “Sudan is Described as Trying to Placate The West” que trataba sobre la guerra civil en Sudán y la crisis de los refugiados. Esta pieza editorial fue ilustrada con la fotografía de la niña y el buitre de Kevin Carter.

Fig. 2 Artículo publicado en el New York Times por Donatella Lorch, ilustrado con la fotografía de Kevin Carter.

 

El pie de fotografía rezaba:

En una medida destinada a aplacar a Occidente, el gobierno sudanés está abriendo partes del sur del país asolado por la hambruna a las operaciones de socorro, pero, para algunos, podría ser demasiado tarde. Una niña pequeña, debilitada por el hambre, se derrumbó recientemente a lo largo del camino hacia un centro de alimentación en Ayod. Cerca, un buitre esperaba. (Lorch, 1993)

En un hecho inusitado, un gran número de lectores contactó al periódico para conocer el paradero de la niña, de modo que el Times publicó una Nota del Editor.

Fig. 3 Nota aclaratoria de los editores del New York Times.

La nota explica:

Una foto del viernes pasado con un artículo sobre Sudán mostraba a una pequeña niña sudanesa que se había desplomado del hambre en el camino hacia un centro de alimentación en Ayod. Un buitre se escondía detrás de ella. Muchos lectores han preguntado sobre el destino de la niña. El fotógrafo informa que se recuperó lo suficiente como para reanudar su viaje después de que el buitre fue expulsado. No se sabe si ella llegó al centro. (Editores del New York Times, 1993)

En 1994, Kevin Carter recibió el Premio Pulitzer en la categoría Feature Photograph por su imagen de la niña y el buitre. (The Pulitzer Prizes, 1994). El fotógrafo tuvo un éxito enorme: recibió más aplausos que nadie durante la ceremonia de entrega del premio y recibió una atención inusitada. Fue, al parecer, un momento cumbre en su carrera. (McLeod, 2001)

 LA ESPIRAL

A pesar del éxito aparente, Carter no solamente recibió premios y halagos por esta fotografía sino que la imagen  también provocó una gran crítica. Quizá la mejor síntesis de los reclamos que se le echaron en cara al fotógrafo se sintetizan en lo que publicó el periódico St. Petersburg Times de Florida donde calificó al fotógrafo de depredador. (Augustine, 2017)

Entonces llegó a su peor momento: una cadena de eventos complejos, que comenzó con el estar expuesto a la miseria humana en su forma más cruda y atroz durante años. Esto llevó a Carter al uso de drogas duras y alcohol.

Una serie de acontecimientos fue generando una espiral depresiva en el fotógrafo: chocó su auto en una casa de los suburbios y estuvo preso bajo sospecha de conducir ebrio. Su jefe en Reuters estaba furioso porque tuvo que ir a la estación de policía para recoger unas fotografías de Mandela. Su novia, Kathy Davidson, rompió con él luego de un año de relaciones debido a sus adicciones. Su amigo Ken Oosterbroek fue asesinado en Thokoza, cerca de Johannesburgo (Keller, 1994) . Carter sentía que era él y no su amigo Ken quien debió morir (Altafi, s. f.).

Por otra parte, se le comenzó a acusar -injustamente- de haber orquestado la toma fotográfica de la niña, a lo que se sumaron crecientes críticas. Carter hizo fotos de la visita del presidente francés François Miterrand a Sudáfrica pero la agencia Sygma las rechazó por la baja calidad que presentaban. Entonces Carter comenzó a mencionar a sus amigos la posibilidad de suicidarse. Kevin perdió un vuelo a Mozambique para una cobertura asignada por Time y luego extravió en un avión un paquete de películas con las fotografías de una asignación.

Y aunque era un fotógrafo que había logrado fama y reconocimiento, estaba quebrado económica y emocionalmente. Escribió en una nota: “…deprimido … sin teléfono … ni dinero para la renta …. ni para sostener a mi hija …. ni para pagar las deudas…” (McLeod, 2001).

LA DECISIÓN

El 27 de julio de 1994 Kevin Carter conectó una manguera al escape de su camioneta y murió por asfixia debido al monóxido de carbono. Tenía 33 años. Dejó una nota que decía

Estoy obsesionado por los vívidos recuerdos de asesinatos y los cadáveres y la ira y el dolor … de niños hambrientos o heridos, de locos que disparan sin provocación, a menudo policías, de verdugos asesinos…(«The vulture and the little girl», 2013)

Mucho se especuló acerca del motivo del suicidio y algunos arguyeron que fue por el remordimiento de haber ganado el Pulitzer con la foto de la niña y el buitre así como toda la atención que recibió a costa de una niña al borde de la muerte (Roget, s. f.). Además, el propio fotógrafo había admitido que había aguardado 20 minutos ante la escena: la revista Time publicó que el fotógrafo había esperado para asegurarse de que el buitre no heriría a la niña y levantaba el vuelo y que él no había hecho contacto físico con la menor porque había sido instruido de no tocar a las víctimas debido a las enfermedades que podría contraer de ellas (Editores de Time, s. f.).

A pesar de que el gran público redujo el suicidio de Carter a su fotografía de la niña con el buitre, la complejidad en la cadena de acontecimientos muestra con claridad que es un tema mucho más profundo y complejo de lo que aparenta a simple vista. 

LOS DILEMAS ÉTICOS

El caso de Kevin Carter tiene muchos ángulos, matices y aspectos éticos por considerar. Un primer dilema: ¿El fotógrafo debió hacer la fotografía o ayudar a la niña? Al final de este caso incoaremos otros dilemas éticos que podrían desprenderse de este caso.

Ya decía Susan Sontag (Kit Ow Yeong, 2014) que:

hay algo depredador en la acción de hacer una foto. Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente.

Y es que, desde que Roger Fenton hizo su famosa foto de la guerra de Crimea, pasando por las imágenes que capturó el famoso fotorreportero Robert Capa hasta lo que hicieron los miembros del Bang Bang Club, siempre ha resonado esta duda respecto de la depredación, la propia violencia de hacer fotografías y todos los dilemas relacionados con la privacidad de las personas. ¿Tenía derecho Carter a hacer la fotografía de una niña en hambre extrema y situación de total desamparo? Carter, afrontado desde las virtudes: ¿Debió hacer la fotografía o ayudar a la niña?

En primer lugar, el dilema entre el interés público y el derecho a la privacidad es solamente una de las encrucijadas en torno a la información. Es importante recordar que la labor de un fotoperiodista ha de contemplar siempre el bien común en general  donde el reportero se responsabiliza de sus acciones y su deber es informar. Al respecto cabe recordar que bajo la óptica de la Iglesia Católica (Inter Mirifica, 1963):

…la narración, la descripción o la representación del mal moral pueden ciertamente, con la ayuda de los medios de comunicación social, servir para conocer y explorar más profundamente al hombre, para manifestar y exaltar la magnificencia de la verdad y del bien, mediante la utilización de los oportunos efectos dramáticos; sin embargo, para que no produzcan más daño […] habrán de someterse completamente a las leyes morales…

Ciertamente que el público tiene derecho a saber, aunque los medios de información deben ser conscientes de la importancia de comprender, como dice Branjtovic (1978, p. 100) “El público no es una masa, sino, […] un conjunto de personas humanas. Y como tales personas humanas hay que tratarlo.”

Por otra parte tenemos a la figura de los periodistas que se arriesgan para informar sobre acontecimientos y conflictos que es importante poner a la luz para el conocimiento del público.

Niceto Blázquez (2013) explica, a este respecto, que:

la valoración ética del periodismo heroico debe ser cauta. Hay periodistas aventureros cuyo rasgo ético más característico es el de la imprudencia. Por otra parte, nadie está ni puede ser obligado a realizar actos heroicos. Las empresas informativas y la tiranía del público exigen a veces a los periodistas cosas injustas en función de la competitividad y el éxito. Cuando a todo esto se añade el espíritu aventurero y fantasioso del periodista, el terreno está abonado para el espectáculo en el que la sed de gloria humana, de popularidad y de éxito puede cegar el sentido de responsabilidad sobre la propia vida. […] Me parece que el punto justo de la cuestión está en saber discernir prudentemente la proporción que hay entre el riesgo a que se somete la propia vida y el valor objetivo y real de la noticia que se trata de conseguir.

Resulta muy reveladora esta cita, pues nos encontramos que, aunque sí existe una responsabilidad por informar, también se puede abusar de la temeridad y poner en riesgo la propia vida. Esto le ocurrió a Robert Capa, quien murió al pisar una mina en Indochina (hoy Vietnam). ¿Realmente era necesario que el fotoperiodista hubiera perdido la vida de esta manera?. Es bien sabido que Capa era un individuo temerario y deprimido por la muerte de su amada Gerda Taro durante la Guerra Civil Española (Kershaw, 2012).  Estos ingredientes, temeridad y depresión, pueden llevar a situaciones extremas donde se pone en peligro la propia vida de manera innecesaria e imprudente.

Entonces, si tomamos como punto de partida la virtud de la prudencia, encontraremos que es un eje que nos permitiría comprender mejor los alcances de este caso, de manera concreta si Carter debió hacer la foto o no, ayudar a la niña o no. Al efecto vale la pena recordar que, para Luz García Alonso (1999) la prudencia tiene que ver con la recta razón cuando se obra, en otras palabras, los actos libres en relación al fin último del hombre en el marco de una virtud intelectual en lo formal y volitiva en lo material. En otras palabras, obrar implica un acto reflexivo, donde lo que opera en primer lugar es la razón, el intelecto, y la voluntad opera a partir de la ponderación. En contraparte de la prudencia, respecto de Kevin Carter, tendríamos la temeridad, el ponerse en riesgo cuando no es indispensable.  Así, por un lado se puede pensar que un fotoperiodista puede operar a partir de una cierta búsqueda de adrenalina. Por otro lado esto puede implicar poner en riesgo la salud física y también mental. Es necesario ser ingenuo o temerario para creer que el ser testigo durante años de hechos terribles no afectarán el ánimo o la salud mental de un individuo. No es extraño que Carter hubiera adoptado el uso de drogas y abusado del alcohol y que estas circunstancias también hubieran contribuido a su muerte. Cabría preguntarse ¿Si no hubiera consumido drogas y alcohol se habría suicidado, igualmente? ¿Si hubiera buscado ayuda, habría salido bien librado? Pues la omisión es también un tema moral y de prudencia, virtud que se tiende a comprender más pasivamente, como un abstenerse de hacer, que como un lanzarse a hacer lo correcto.

Hay una cuestión ética adicional, y es que como consumidores de información, en el ámbito de nuestro tiempo y nuestra cultura también promovemos una híper-consumo de imágenes que parece, a veces, insaciable. Así lo establece Wai Kit Ow Yeong (2014):

Quizás deberíamos prestar más atención a la fotografía de Carter nuevamente. Esta vez podríamos experimentar una identificación emocional más aguda tanto con el niño que sufre como con el fotógrafo que estaba con ella, incluso cuando nos damos cuenta de nuestra complicidad como espectadores que alimentan la demanda de imágenes de los medios. En cierto sentido, como consumidores de fotografías, somos buitres que miran los sufrimientos de los demás…

Así, en la cultura posmoderna también deberíamos preguntarnos acerca de cómo fomentamos no solo la creación de imágenes como la que se estudia en el presente caso, sino también en cómo impulsa nuestra consumo a industrias que aprovechan los temperamentos de individuos como Robert Capa o Kevin Carter en una maquinaria que despoja a las personas de su dignidad para convertirlo todo en cosas o en objeto de comercio.

Finalmente, muchísimos fotógrafos se han enfrentado al dilema entre hacer sus fotografías o ayudar a una víctima, como el otro miembro del Bang Bang Club Greg Marinovich o Ian Berry ante linchamientos o el caso de Radhika Chalsani también ante las hambrunas quien explica que, muchas veces, realmente no queda claro si es mejor o peor hacer las fotos o tratar de ayudar a la gente (Editores de The Guardian, 2012): «Creo que nuestra principal contribución es tratar de entender la historia. Y a veces, cuando crees que estás ayudando, en realidad estás empeorando una situación.”

Donna Ferrato ha realizado fotografías relacionadas con la violencia doméstica, y en ocasiones ha disparado la cámara mientras una persona está abusando físicamente de la otra; ella misma explica (Editores de The Guardian, 2012):

Cuando estaba tomando otras fotografías para I Am Unbeatable, mi libro sobre violencia doméstica, estuve allí primero como fotógrafa, no como trabajadora social. Sí, siempre estaré dividida entre tomar una foto o defender a la víctima, pero si elijo bajar mi cámara y evitar que un hombre golpee a una mujer, estaría ayudando a una sola mujer. Sin embargo, si obtuve la imagen, podría ayudar a muchas más.

¿FUE KEVIN CARTER UN IMPRUDENTE?

Al abordar este caso, un ángulo de análisis se encuentra en las virtudes y, particularmente, desde la prudencia. Habría, pues, que recordar, muy brevemente, que las virtudes están directamente enlazadas con la voluntad, con la actuación. La virtud lleva la voluntad a una obra buena y lo contrario, cuando la inclina a obrar hacia una obra mala se le conoce como vicio. Entonces las virtudes tienen que ver con la acción, con el operar y el accionar. Podría decirse que la voluntad es el motor de la actividad (Torre et al., 1991). Y, en concreto, se procurará revisar el caso a la luz de la virtud de la prudencia.

Es conveniente establecer que, en primer lugar, la prudencia es una virtud que proviene de la razón, es decir una virtud intelectual, que entra en el campo de las virtudes morales porque tiene un componente fundamental en las decisiones y en la práctica de lo que puede llevar a la persona hacia lo bueno o lo malo. Para Tomás de Aquino la prudencia es propia de la razón y no tanto de la voluntad, de la razón práctica (Sellés, 1999). Es una virtud del razonamiento (deliberativa) pero también de los hechos, de las decisiones (práctica). La conciencia es una potencia y la prudencia es un puente entre la inteligencia y la voluntad (Sada & Monroy, 1986); desde la conciencia se juzga con inteligencia acerca de la moralidad de un acto, y es la prudencia el hábito operativo que lleva al individuo ya no a deliberar sino a actuar rectamente, de modo que se enlaza con el calcular correctamente con lo que con viene para un buen vivir. Se trata, pues, de una práctica operativa que se enraíza en la razón y que permite elegir entre las cosas buenas y malas para la persona (Huerta Martínez, 2003). En alguna medida puede afirmarse que en todas las virtudes hay un cierto contenido de prudencia.  Implica el hábito en el que se ha de decidir bien (Lorda, 2013). Efectivamente, es un hábito porque para ser virtud debe ser una acción repetida, no una operación aislada sino un modo de obrar, el siguiente componente (decidir) implica la elección convertida en determinación (un juicio firme, no una mera deliberación) que ha de ser correcta, no errónea. El prudente no establece un juicio fallido, por el contrario, realiza un razonamiento que le lleva a operar hacia lo que es bueno (hacia el bien.) José M. de la Torre (1991, p. 376) dice que la virtud de la prudencia es la “…regulación de la actividad misma de la voluntad, de tal modo que se halle de acuerdo con la razón.” Se trata de un hábito intelectual, según Santo Tomás de Aquino (Sellés, 1999) la escolástica recta ratio agibilium (recta razón de lo agible, de lo factible, lo que se puede hacer).

A partir de lo anterior, tendríamos que ponernos en los zapatos de Kevin Carter. ¿Decidió erróneamente al fotografiar? ¿Realizó un juicio equivocado, incluso vicioso? Lo primero que habría decir es que este fotógrafo no disfrutaba de la violencia, por el contrario, le causaba un gran problema interior, una auténtica fricción. Así que no era un sádico que fotografiaba inmisericorde. Por otro lado, se encontraba en un entorno donde la niña no corría peligro, estaba a unos pocos pasos del centro de alimentos y los padres no se encontraban lejos. Se trataba de un menor que no estaba en peligro inminente, de modo que Carter no fue omiso en la protección de la criatura por hacer la foto. Los padres, guardianes del menor, eran los primeros responsables en hacerse cargo de su hijo y el buitre no implicaba un riesgo porque ni estaba tan cerca ni es un ave de presa agresiva sino carroñera.

En tal sentido, el primer componente de la virtud de la prudencia implica que Carter actuaba a partir de una primera decisión fundamental, la de servir a la sociedad no como un activista o un colaborador de las Naciones Unidas para operar la ayuda, sino para aportar desde la trinchera del fotoperiodismo en informar de los hechos, dar cuenta de las situaciones con responsabilidad e informar a la opinión pública para obtener un bien a partir de la verdad difundida. Carter decidió, en un momento de su carrera, que su trabajo, su deber, era operar la cámara. Esta toma fotográfica no era producto de una ocurrencia ni de un hecho aislado, sino un acto continuado a lo largo de una década donde Kevin Carter daba cuenta con su cámara de los hechos, por horrorosos que fueran. Así, encontramos que esta decisión continuada es una auténtica operación de la voluntad, no una ocurrencia. Es un auténtico hábito que ha ido forjando: el de ser un fotógrafo objetivo, mesurado, que refleja la realidad de los hechos.

Y, en la operación concreta de hacer la fotografía, todo indica que Carter se condujo con rectitud de intención (no hizo la foto para burlarse, ni para descontextualizar la situación de la persona en el cuadro, ni de la situación africana in genere ni de Sudán en lo particular). El acto no es de suyo malo, es decir, informar a la opinión pública es un acto orientado al bien si pensamos que mueve no solo al gran público sino a los líderes mundiales a actuar en casos de injusticia (como lo que ocurría con la hambruna de Sudán, provocada intencionalmente por un gobierno extremista). Y, por lo demás, las circunstancias de la toma jamás indican que Kevin Carter fuera un mero oportunista, que hubiese utilizado su posición de manera ventajosa o con vistas a la explotación. Carter no hizo la foto con el mero fin de obtener un premio y reconocimiento. Fue un acto que formaba parte de su vida profesional durante más de una década.

Finalmente, la publicación de la fotografía fue realizada en un medio de comunicación serio, con una línea editorial responsable, colocada en la sección pertinente (en Internacional, no en “Humor” por ejemplo que hubiera sido denigrante), acompañando una pieza editorial de hondura y que, se puede decir sin error, que colaboró en crear una conciencia pública e internacional para hacer recomendaciones concretas y generar apoyos adicionales en relación con las víctimas de las hambrunas en Sudán.

A MANERA DE CONCLUSIÓN

Un caso tan sonado como este siempre corre el riesgo de convertirse en una parte de un imaginario colectivo generalista o reduccionista, que desatiende todos los hechos completos, las circunstancias específicas y que tiende a apresurar conclusiones tales como juzgar que Carter se suicidó por el remordimiento de haber ganado el Pulitzer a costa de la dignidad de una persona. Como hemos visto, los hechos son mucho más abundantes, las circunstancias mucho más complejas y los matices mucho más variados y profundos de lo que podría implicar un juicio apresurado.

Ante la pregunta ¿Carter debió hacer la fotografía o ayudar a la niña? se han puesto las consideraciones para dilucidar si el fotógrafo cumplió o no con su deber, si lo hizo con  rectitud de intención y en circunstancias que no implicaran una toma de ventaja para aprovecharse de la persona fotografiada o vulnerar su dignidad humana.

Ahora bien, un caso tan complejo deja abiertos otros dilemas éticos, como los que enumera Mark Ellison (2013) : que la fotografía podría ser un engaño porque no muestra, ni el pie de imagen explica, que los padres de la niña se encontraban en la escena muy cerca y que el buitre se encontraba mucho más lejos de lo que aparenta: ¿La fotografía es un timo? Y una segunda pregunta tendría que ver con saber si está bien proponer una fotografía que podría malinterpretar la situación de un continente tan vasto y complejo como África. Porque, entonces, esta fotografía, sacada del contexto geográfico-cronológico, podría convertirse en un estereotipo de África que a dos errores: el generalismo (pensar que en África todo es hambruna) y, paradójicamente, el reduccionismo (achicar la realidad de Sudán a una sola foto que no explica la complejidad de la situación).

Se pueden formular, entre otras, dos preguntas adicionales ¿Debió aceptar Carter el premio por la fotografía de la niña y el buitre? Y, finalmente, ¿Qué implicaciones éticas tiene el suicidio de Carter?

Por el momento, y para los alcances de la presente reflexión, creemos que el análisis del caso de la fotografía de la niña y el buitre hecha por Kevin Carter en 1994, abordada en el presente texto, es uno de los muchos ángulos posibles para examinar los alcances éticos de la fotografía.  El resto de los dilemas deontológicos que pueden desprenderse de este caso son, desde luego, motivo de una continuada reflexión y un diálogo abierto donde una información completa y un contexto amplio nos darán más oportunidades de realizar un debate serio y profundo.

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[1] Cabe aclarar que, años después, se reveló que la niña no era tal, sino un varón de nombre Kong Nyong que no solamente sobrevivió a la hambruna, sino que murió víctima de la fiebre 14 años después de esta toma fotográfica. (Rojas, 2011) Para efectos del presente texto nos referiremos a «la niña», para evitar confusiones en el caso y el texto, apercibidos de saber que se trataba, realmente, de un niño pero que, además, este hecho no altera los dilemas éticos que se desprenden del caso.

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